ALQUITARA

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sábado, 8 de enero de 2011

La novela vital de Elliott Murphy...

Fuente:elpais.com
Rafael Cervera

Cada álbum marca el inicio de la interpretación y el fin de la creatividad, es un ciclo de vida y muerte artística. Antes pensaba que cada disco era como una novela; ahora los veo como un capítulo de un libro muy largo en el que cada canción no es más que una frase o una escena memorable". Lo dice Elliott Murphy (Long Island, Nueva York, 1949), miembro de una casta ya casi extinta de artistas materializados en músicos y compositores de rock. Habla como un escritor y sus canciones comparten inspiración y raíces con las de Lou Reed o Bruce Springsteen. La vida de Murphy bien podría ser una novela. Su madre fue actriz y su padre, un afamado empresario, fundador en los cincuenta del Sky Club, restaurante y club privado frecuentado por personajes influyentes de la época, donde también se celebraban veladas de baile amenizadas por bandas de rock. Siendo adolescente, Murphy montó su propio grupo; después viajó por Europa y, sin ser actor ni pretenderlo, acabó apareciendo en Roma, de Fellini. En 1973 debutó con Aquashow (bautizado como un famoso espectáculo acuático creado por su padre) y la crítica lo adoró. Aquel fue el primer capítulo de un libro que todavía sigue escribiendo.

Su nuevo disco, Elliott Murphy, hace el número treinta en su discografía. Ya desde la portada (su nombre en letras art déco, como en la cubierta de otro de sus títulos imprescindibles, Lost Generation, publicado en 1975) anuncia que Murphy se encuentra inmerso en su propia esencia. "Lo ha producido mi hijo Gaspard", sigue explicando desde Nueva York, "que siempre intenta hacerme volver a mis primeros trabajos. Él quería que este fuera un trabajo muy integrado en mi discografía, que no se apartara de ella. Insistió en que tocara mi Stratocaster de 1961, la misma que usé en mis primeros discos. Teniendo en cuenta que nació en 1990 y mi primer álbum es de 1973, imagino que desea comprenderme mejor. Eligió ese diseño porque para él los años setenta, la década a la que pertenece Lost Generation, es una era dorada para la música". A pesar de la repercusión artística que tuvieron aquellos álbumes, y aunque estos coincidieron en el tiempo y en ciertas coordenadas estilísticas con los de Springsteen (rendido admirador suyo, le invita a salir a escena con él cuando actúa en París), Murphy nunca vendió mucho. Después de pasar por varias multinacionales, eligió el camino de la independencia; y a continuación, tras asumir que no sería profeta en su tierra, se instaló en París en 1990, la ciudad que tanto atrae a ciertos iconos del rock. Allí reside desde entonces, más como un feliz refugiado que como un melancólico proscrito. "Esté donde esté me siento como un alienígena con una profunda sensación de soledad existencial. Tengo el alma de un expatriado porque me siento más en casa cuando menos estoy en casa. Las habitaciones de hotel me dan seguridad, los constantes viajes me proporcionan raíces y el ajetreo es una forma de energía".

En los últimos capítulos del libro vital de Murphy hay acercamientos al blues, discos eléctricos y discos acústicos; todos hechos con el guitarrista Olivier Durand, su fiel colaborador desde hace años, y con The Normandy All Stars, su banda habitual. Todos ellos tocan en Elliott Murphy, la obra que le devuelve a sus comienzos. "¡Quizá he necesitado 30 años para ser yo mismo! Este álbum muestra las dos vertientes de mi música, la serenidad de baladas y la exuberancia y energía del rock", explica un autor que, en el prólogo de la edición española de su antología de canciones y textos (The Unfinished Complete Lyrics of Elliott Murphy, traducido por Alberto Manzano), afirma: "Mis canciones saben más de mí que yo mismo". "Espero que las nuevas reflejen esperanza, humildad y sabiduría a partes iguales. Las letras de mi juventud eran de esperanza, ahora lo son de experiencia. Cuando Miguel Ángel esculpía su David, estaba deshaciéndose de todo el mármol que no era David. En mi caso, y sin ánimo de querer ponerme a esa altura, eso es lo que intento hacer también".

Murphy considera que el rock and roll y la poesía son de la misma familia; ha escrito novelas e incluso aparece en una de Bolaño, Los detectives salvajes. "No sé cómo acabó mencionándome. También nombra a mi amigo el poeta Michel Balteau. Estoy seguro de que coincidimos con él en algún momento. Amo su escritura, Bolaño es el Kerouac de Sudamérica". Podría escribir sus memorias, pero de momento no planea hacerlo. Y al volver al tema de la gran novela que saldría de su vida, contesta: "Si tuviese que comparar mi vida con una novela que ya esté escrita, elegiría Huckleberry Finn, de Mark Twain. Como Finn, todavía sigo flotando en ese río intentando averiguar cosas".

"Las letras de mi juventud eran de esperanza, ahora lo son de experiencia".

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