ALQUITARA

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domingo, 13 de diciembre de 2009

ZAPATILLAS POLVORIENTAS,MARIO BENSO

Diez años acaba de cumplir el Festival de Blues de Béjar, y no es poco mérito teniendo en cuenta las enormes dificultades que la organización debe sortear cada edición para sacarlo adelante. A las trabas burocráticas, silencios y hasta “espantás” institucionales (propias de quien posee una rara habilidad para poner pegas a apoyar a quien más lo merece) hay que unir los inconvenientes propios de un genero como el blues que, pese a contar con un puñado irreductible de seguidores, no es precisamente popular. A todo esto se unía este año la sombra amenazante del macro-concierto de Bruce Springsteen en Valladolid, que actuaba como presunto imán de mucho de ese público general en el que muchos festivales se apoyan para salvar sus aforos.

Sin embargo, ninguna de estas amenazas consiguió evitar que Béjar celebrase sus diez años de blues en ambiente festivo, concurrido y comprometido. La Plaza del Castañar recibió el fin de semana a un nutrido grupo de aficionados deseosos de disfrutar con la música y apoyar un certamen que es todo un lujo para estas tierras y una referencia a nivel nacional. La gente te habla orgullosa del festival, que consideran como algo suyo. No hace falta tener un gran olfato para detectar que tras todo ésto hay grandes dosis de cariño, afición y respeto por parte de organizadores y público. Uno ha conocido tantos ejemplos de ciclos y programaciones planteados sin gana y por el simple deseo de cubrir un expediente, que vivir experiencias como ésta sabe a gloria. Bien por los bejarauis…

Damos con nuestros huesos en un coqueto hotel de Candelario, localidad de gran hermosura tallada en piedra cuyos portalones son famosos, así como las conducciones de agua que descienden por los laterales de las calles pindias y por las que, antaño, se vertían riachuelos de sangre provenientes de la matanza del cerdo. El cerdo, icono omnipresente en la cultura popular de estas tierras, tradición milenaria que sobrevive más viva que nunca en estos tiempos de creciente obsesión por morirse sano, delgado y lleno de productos de nombre tan absurdo como bífidus o l-casei. Frente a la barbarie de lo light, la magnífica estampa de una buena bandeja de ibéricos, un plato de callos, oreja, mollejas y otras exquisiteces propias del buen yantar. Regados con cerveza fresca o un buen vino tinto, estos manjares nos reconcilian con una manera de comer y vivir que poco a poco va perdiéndose en los grandes espacios urbanos, atacados por las hordas inmisericordes de la cocina de diseño esa.

Es viernes, y aún se comenta la jam session de la noche anterior en La Alquitara , donde toda una leyenda del blues como Bob Stroger se dejó caer ya de madrugada para subierse al escenario y demostrar cuál es la madera de los músicos de verdad. Mientras las estrellas glamurosas del pop se dedican a atizarse en lujosos camerinos o suites de hotel, tipos como Stroger, que pueden presumir de haber atravesado media historia del blues y haber colaborado con la crema del mismo, optan por agarrar una guitarra y seguir tocando hasta que el día va llamando a la puerta. Eso es amor por la música, amigos.

El Castañar, coso taurino segun me dicen el más antiguo de España, es una plaza pequeña pero de enorme belleza. Piedra y albero oscuros, todo muy vintage, como dicen los anglosajones. Allí toreros, público y músicos salen todos por la puerta grande, como los buenos. Situada sobre una estribación que apunta hacia las proximidades serranas, tiene en sus alrededores varios emplazamientos desde los cuales se contempla todo Béjar y un paisaje maravilloso alimentado por puestas de sol turquesa y naranja que te ponen los pelos de punta. Las estrellas casi pueden tocarse con la yema de los dedos, extremadamente brillantes sobre el telón azabache de los cielos, mientras un frescor nocturno de serranía te recuerda que todo en la vida, incluso el verano y sus rigores, es relativo. En este contexto tan genuino se desparraman los sonidos vibrantes del blues, la savia originaria de todos los géneros afroamericanos. Angela Brown, poderosa garganta de Chicago, abrió cartel acompañada de los Mighty 45’s y se entregó con la generosidad habitual de los suyos; su repertorio se abre a territorios hermanos como el soul o el r&b, algo muy de los tiempos que corren, pero cuando retoma las esencias más duras de su ciudad natal es cuando da lo mejor de sí misma, demostrando una energía y un dominio de las cosas apabullante. ¡Tremenda!
Tras ella, el considerado plato fuerte de la noche: Mr Maceo Parker, uno de esos artistas que con su solo nombre ya define un estilo, el funk. Funk de muchos quilates, ejecutado con una autoridad y destreza demoledoras. Una vez más insisto en que una cosa es tocar funky y otra es serlo: pues bien, estos tipos llevan el funky en las venas, podrían tocarlo dormidos, y lo despliegan en cada uno de sus gestos, en su forma de hablar o moverse, en su actitud en suma. Por eso lo que tocan suena tan auténtico, tan a siglos luz de esas músicas prefabricadas de consumo masivo que salen del laboratorio interpretadas por artistillas de casting y tres al cuarto. Parker acumuló como no podía ser de otra manera buena parte del protagonismo, aunque no vaciló en hacerse a un lado para dejar un rato de lucimiento a sus excelentes músicos. Mágico el momento en que Martha High, corista muchos años del gran James Brown, se adueñó del escenario para regalarnos unos minutos de elegancia, sentimiento y enorme despliegue vocal. Por faltar no faltaron por supuesto los toques de humor y los homenajes: Maceo agarró la flauta para esbozar un Georgia On My Mind que sirvió de recuerdo a Ray Charles, al que imitó poniéndose unas gafas oscuras… En suma, casi dos horas de música poderosa, sexual y vibrante que nos dejó el cuerpo más que bien. Dada además la fantástica y bien suministrada barra de bar montada por la organización (nada que ver con esas mariconadas que se montan ahora donde sólo hay refrescos o agua, y el alcohol se esconde donde solo puedan acceder a él los mismos políticos que te prohiben venderlo), regresar al hotel se convierte en una tarea tan ardua como subir esas cuestas que por aquí abundan y que día a día afrontaban Lale Cubino y otros genios del pedal… Pedal… Castaña, El Castañar. Demasiadas coincidencias…

Un paseo matutino por un Candelario inesperadamente regado por una lluvia nocturna y alevosa, seguido por un desfile suntuoso de chuletones al abrigo de Beth Carvalho en casa de unos buenos amigos bejarauis nos dejan a las puertas de la última noche, maratoniana por ser tres las bandas y por un fresquillo aún más intenso que la cita anterior. Puntual se agarró a su guitarra Eugene Hideaway Bridges, un bluesman emblemático de la nueva generación que ofreció un concierto magnífico, variado e intenso. Buen hacer con la guitarra, gran voz y contundente sonido de banda ayudaron a poner el listón alto por parte de un músico que, sin duda, va a se de los importantes del futuro si no lo es ya. Sugar Blue salió al escenario armado con una espectacular canana repleta de armónicas; las tocó casi todas con gran destreza, y rindió homenaje a inolvidables maestros como James Cotton. Su blues es de hechuras rockeras, generoso en watios y no tan matizado como el de Bridges, pero conectó con un buen sector de público amante de las emociones fuertes…
El frío y el cansancio –bueno, y tal vez los chuletones- habían ya hecho mella en nuestros cuerpos cada vez más serranos cuando los fineses de la Wentus Blues se dispusieron a hacerle el primer tercio a otra leyenda viva: Eddie Kirkland. Liderando a los nórdicos apareción un cantante de voz poderosa con un curioso parecido al célebre luchador de pressing catch El enterrador, y como éste rodó por el escenario, brincó y corrió para deleite de los parroquianos. Al poco apareció el maestro, que quiso competir en look gore portando una excelsa peluca que parecía sacada del baul de los recuerdos de Little Richard. Dejamos a Kirkland demostrando toda la bravura que aún lleva en su corazón pese a que las fuerzas ya casi no le acompañan y algun duende maligno le jugó malas pasadas con sus guitarras, que no acababan de sonar como Dios manda. Derramó no obstante destellos de su gran clase, acompañado con mucho cariño y respeto por los chicos de la Wentus. Ya algo temblorosos pusimos rumbo al hotel, hacéndole un feo al bueno de Barrence Whitefield, al que no escuchamos ni tampoco pudimos ver, como me contaron, charlar animadamente con una cabeza disecada de toro bravo en una de las dependencias de la plaza.

Armados con una esplendorosa provisión de chorizo de La Alberca , alubias y lentejas, regresamos a casa con el alma bien alimentado y una buena dosis de polvo de albero en las zapatillas. Béjar y su festival nos han ganado para siempre, como te ganan las cosas que están hechas con ilusión, autenticidad y decencia. No es de extrañar que el mejor blues esté tan cerca.
Puerto de Pajares, agosto de 2009

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